Maldita resaca
Por Mónica Meléndez Á.
Después de la “jala”, vendrá la goma. El que hoy está ‘peado’, mañana amanecerá enguayabado. Así que téngalo por seguro: si usted afronta una borrachera tendrá que lidiar en cuestión de horas con su futura familiar: la resaca.
La primera vez te conocí, Resaca, deseé haber muerto, o por lo menos no haber despertado nunca. Una noche antes de nuestro primer encuentro estaba en la casa de Lucas, un amigo que gentilmente se ofreció a celebrar mi cumpleaños número 15 en compañía de una manada que insistió –desde el inicio- en que la cumpleañera debía beber el equivalente de su edad en vasos de vodka “marca gato” y acompañarlo con el Clight de Mora que los asistentes gentilmente prepararon.
Al principio, fue como estar de parranda con Doctor Jekyll. Todas las canciones me parecían un hit y mis compañeros empezaron a parecerse cada vez más a Brad Pitt. El rubor natural de mis mejillas me sorprendía cada vez que iba al baño, y mucho más sencillo me pareció empezar a llamar a quienes había olvidado para recordarles cuánto los quería. Lloré y reí. Me tropecé. Regué un poco de mi coctel pagano entre la blusa blanca que traía puesta y recuerdo haber comido arroz de una enorme olla que estaba en la cocina del anfitrión. Se me perdió un arete. Mandé mis tacones a volar. Lo último que recuerdo fue el sonido seco de mi cuerpo al caer en el piso y el súbito mareo antes de lo inevitable.
Unas cuantas horas después apareció Mr. Hyde. Desperté en el cuarto de María Paula, mi mejor amiga, cuando el reloj marcaba las 12 del día. Sentí mis labios como la piedra pómez con la que limo mis pies. Tenía unos calzones puestos y una vieja camisa de Winnie Pooh, que en ese momento despertó mi vértigo. Una toalla rodeaba la almohada en la que dormí y en el piso encontré una bolsa que seguramente sirvió esa madrugada como reemplazo de mi propio estomago. Traté de hablar pero no pude. Estaba en la cabina despresurizada de algún jet que avanzaba a 600 km/h sin rumbo fijo y en donde cada tripulante recibía una taladrada en la sien, mientras su silla giraba como huracán.
Maldita Resaca. Traté de matarte pero no pude. Te quedaste el tiempo que se te dio la gana. El suficiente para hacerme vomitar el caldo de papa y el Alca-Seltzer que sin victoria te preparé. El suficiente para que bebiera mi peso en agua y durmiera, intranquila, el resto de mi insoportable día. Ni siquiera con un baño te fuiste. Hasta te ofrecí un café. Te largaste sólo hasta el siguiente día y en mí dejaste un sentimiento de odio sincero hacia ti y hacia tu esposo, Alcohol. Sí, ese que te pone los cachos con Borrachera. ¿Por qué te vengas conmigo? ¿Por qué conmigo y con todos los seres humanos de la tierra? ¿Por qué pareces invencible a pesar de tantos y tan variados antídotos que han creado para destruirte? Podría nombrarlos todos, pero de ellos tú te escabulles.
No te he vuelto a ver desde aquel diciembre. Solo esporádicamente llegas para golpear mi cabeza con un bate y quitarme el apetito. Te vi por ahí rondando el fin de semana en la cara de mi hermano, y el viernes pasado en el aliento de mi novio. Creo que aquí nadie te quiere, sin embargo siempre vuelves. ¡Qué cruel factura eres de las noches gratas! El purgatorio de todos los hombres después de una noche de pecado y licor.
Por Mónica Meléndez Á.
Después de la “jala”, vendrá la goma. El que hoy está ‘peado’, mañana amanecerá enguayabado. Así que téngalo por seguro: si usted afronta una borrachera tendrá que lidiar en cuestión de horas con su futura familiar: la resaca.
La primera vez te conocí, Resaca, deseé haber muerto, o por lo menos no haber despertado nunca. Una noche antes de nuestro primer encuentro estaba en la casa de Lucas, un amigo que gentilmente se ofreció a celebrar mi cumpleaños número 15 en compañía de una manada que insistió –desde el inicio- en que la cumpleañera debía beber el equivalente de su edad en vasos de vodka “marca gato” y acompañarlo con el Clight de Mora que los asistentes gentilmente prepararon.
Al principio, fue como estar de parranda con Doctor Jekyll. Todas las canciones me parecían un hit y mis compañeros empezaron a parecerse cada vez más a Brad Pitt. El rubor natural de mis mejillas me sorprendía cada vez que iba al baño, y mucho más sencillo me pareció empezar a llamar a quienes había olvidado para recordarles cuánto los quería. Lloré y reí. Me tropecé. Regué un poco de mi coctel pagano entre la blusa blanca que traía puesta y recuerdo haber comido arroz de una enorme olla que estaba en la cocina del anfitrión. Se me perdió un arete. Mandé mis tacones a volar. Lo último que recuerdo fue el sonido seco de mi cuerpo al caer en el piso y el súbito mareo antes de lo inevitable.
Unas cuantas horas después apareció Mr. Hyde. Desperté en el cuarto de María Paula, mi mejor amiga, cuando el reloj marcaba las 12 del día. Sentí mis labios como la piedra pómez con la que limo mis pies. Tenía unos calzones puestos y una vieja camisa de Winnie Pooh, que en ese momento despertó mi vértigo. Una toalla rodeaba la almohada en la que dormí y en el piso encontré una bolsa que seguramente sirvió esa madrugada como reemplazo de mi propio estomago. Traté de hablar pero no pude. Estaba en la cabina despresurizada de algún jet que avanzaba a 600 km/h sin rumbo fijo y en donde cada tripulante recibía una taladrada en la sien, mientras su silla giraba como huracán.
Maldita Resaca. Traté de matarte pero no pude. Te quedaste el tiempo que se te dio la gana. El suficiente para hacerme vomitar el caldo de papa y el Alca-Seltzer que sin victoria te preparé. El suficiente para que bebiera mi peso en agua y durmiera, intranquila, el resto de mi insoportable día. Ni siquiera con un baño te fuiste. Hasta te ofrecí un café. Te largaste sólo hasta el siguiente día y en mí dejaste un sentimiento de odio sincero hacia ti y hacia tu esposo, Alcohol. Sí, ese que te pone los cachos con Borrachera. ¿Por qué te vengas conmigo? ¿Por qué conmigo y con todos los seres humanos de la tierra? ¿Por qué pareces invencible a pesar de tantos y tan variados antídotos que han creado para destruirte? Podría nombrarlos todos, pero de ellos tú te escabulles.
No te he vuelto a ver desde aquel diciembre. Solo esporádicamente llegas para golpear mi cabeza con un bate y quitarme el apetito. Te vi por ahí rondando el fin de semana en la cara de mi hermano, y el viernes pasado en el aliento de mi novio. Creo que aquí nadie te quiere, sin embargo siempre vuelves. ¡Qué cruel factura eres de las noches gratas! El purgatorio de todos los hombres después de una noche de pecado y licor.
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