Vecinos invasores
Por Mónica Meléndez Á.
Una película de Disney narra la historia de un mapache y sus amigos del bosque que invaden a sus vecinos humanos para robarles comida y sobrevivir al invierno. Pues bien, la actual crisis que acecha a los países latinoamericanos me recuerda el título de esta cinta infantil en la que sus personajes practican espionaje, hacen amenazas de guerra, y utilizan apelativos discriminatorios contra sus vecinos oponentes.
En verdad no creo que los líderes suramericanos estén comportándose de tal manera porque vayan a hibernar, así como tampoco creo que insulten a su enemigo porque va a llamar al exterminador de plagas. Las razones actuales para convertirse en verdaderos vecinos invasores no están claras y simulan paranoicas e innecesarias ante las dificultades internas que tienen los países de este continente.
Es el caso de vecinos como Perú y Chile, que atraviesan una fuerte crisis diplomática por lo que se comprobó ser un caso de espionaje chileno a las fuerzas militares del Perú. El culpable resultó ser un suboficial peruano llamado Víctor Ariza, que por orden de agentes de inteligencia chilena copió y envió la información que contenía el informe de Fuerza Aérea del Perú hasta el 2021, en el que se menciona entre otro material, el número y modelos de aviones de guerra adquiridos por el país inca en su esfuerzo por modernizar el equipamiento actual y enfrentar un posible ataque externo. El presidente Alan García se refirió al asunto como un “acto repulsivo que no corresponde a un país democrático”, y aseguró que en Chile existen algunos sectores que “todavía conservan las costumbres dictatoriales y pinocheistas”. El gobierno chileno respondió que no utilizará un lenguaje destemplado frente a la situación y que no aceptará imputaciones de ese corte.
El panorama pinta peor si nos vamos a la frontera entre Colombia y Venezuela, donde los actos enemistosos se han repetido en los últimos años, y la relación va de mal en peor. El pasado 27 de octubre fueron detenidos en Caracas dos supuestos agentes del DAS a los que les fueron incautados documentos de “espionaje y desestabilización” en Venezuela, Ecuador y Cuba. El ministro de Internior venezolano, Tarek el Aissami, acusó a la CIA estadounidense de financiar las supuestas operaciones del DAS. Y como bien es recordado, las recientes amenazas de guerra de Hugo Chávez a Colombia han sido claras y continuas.
Los casos de espionaje a países vecinos abundan por estos días. Se conoció recientemente por medios locales de Paraguay la llegada a este territorio de un avión militar venezolano que dejó a dos agentes de incógnito y dijo estar haciendo una escala técnica hacia Buenos Aires, como también los uruguayos denunciaron el trabajo de espionaje que realizó un ex agente de inteligencia argentina a políticos, funcionarios y diplomáticos de varios países. Eso sin contar los casos de fisgoneo interno que se han registrado recientemente en Argentina y Colombia.
La excesiva compra de armas y el alto presupuesto que se destina anualmente a la guerra dentro de los países latinoamericanos es casi que irracional si se tiene en cuenta las prioridades que debe tener un continente en donde abunda la pobreza y los servicios públicos de salud y educación son insuficientes y precarios. Según el Ministerio de Defensa colombiano, al año se destinan caso 20 billones de pesos para financiar la guerra, un 6.5 por ciento del Producto Interno Bruto de nuestro país.
Tambores de guerra, bofetadas verbales, alianzas estratégicas con países de poder nuclear, intromisión en los documentos confidenciales del otro, nexos con grupos al margen de la ley de países vecinos, bombardeos en la frontera empleados sin una gota de diplomacia, bloqueo del comercio en la frontera… Son tan descabellados los comportamientos de los líderes latinoamericanos que podría pensarse que estamos viviendo nuestra propia Guerra Fría a costa del sufrimiento de la sociedad civil.
En vez de unir esfuerzos y derrotar los problemas sociales y económicos que subsisten al interior de cada país latino y que según la Cepal en su informe “Panorama Social de América Latina” dejarán 9 millones más de pobres en el 2009, las reacciones están enfocadas al desprestigio del otro y a la creación de un estado de paranoia creciente. Puede parecer catastrófico, pero de nada servirán las cumbres y los foros de Unasur, de la OEA o de la ONU para remediar nuestras diferencias si las mentalidades seguirán siendo de vecinos invasores.
Por Mónica Meléndez Á.
Una película de Disney narra la historia de un mapache y sus amigos del bosque que invaden a sus vecinos humanos para robarles comida y sobrevivir al invierno. Pues bien, la actual crisis que acecha a los países latinoamericanos me recuerda el título de esta cinta infantil en la que sus personajes practican espionaje, hacen amenazas de guerra, y utilizan apelativos discriminatorios contra sus vecinos oponentes.
En verdad no creo que los líderes suramericanos estén comportándose de tal manera porque vayan a hibernar, así como tampoco creo que insulten a su enemigo porque va a llamar al exterminador de plagas. Las razones actuales para convertirse en verdaderos vecinos invasores no están claras y simulan paranoicas e innecesarias ante las dificultades internas que tienen los países de este continente.
Es el caso de vecinos como Perú y Chile, que atraviesan una fuerte crisis diplomática por lo que se comprobó ser un caso de espionaje chileno a las fuerzas militares del Perú. El culpable resultó ser un suboficial peruano llamado Víctor Ariza, que por orden de agentes de inteligencia chilena copió y envió la información que contenía el informe de Fuerza Aérea del Perú hasta el 2021, en el que se menciona entre otro material, el número y modelos de aviones de guerra adquiridos por el país inca en su esfuerzo por modernizar el equipamiento actual y enfrentar un posible ataque externo. El presidente Alan García se refirió al asunto como un “acto repulsivo que no corresponde a un país democrático”, y aseguró que en Chile existen algunos sectores que “todavía conservan las costumbres dictatoriales y pinocheistas”. El gobierno chileno respondió que no utilizará un lenguaje destemplado frente a la situación y que no aceptará imputaciones de ese corte.
El panorama pinta peor si nos vamos a la frontera entre Colombia y Venezuela, donde los actos enemistosos se han repetido en los últimos años, y la relación va de mal en peor. El pasado 27 de octubre fueron detenidos en Caracas dos supuestos agentes del DAS a los que les fueron incautados documentos de “espionaje y desestabilización” en Venezuela, Ecuador y Cuba. El ministro de Internior venezolano, Tarek el Aissami, acusó a la CIA estadounidense de financiar las supuestas operaciones del DAS. Y como bien es recordado, las recientes amenazas de guerra de Hugo Chávez a Colombia han sido claras y continuas.
Los casos de espionaje a países vecinos abundan por estos días. Se conoció recientemente por medios locales de Paraguay la llegada a este territorio de un avión militar venezolano que dejó a dos agentes de incógnito y dijo estar haciendo una escala técnica hacia Buenos Aires, como también los uruguayos denunciaron el trabajo de espionaje que realizó un ex agente de inteligencia argentina a políticos, funcionarios y diplomáticos de varios países. Eso sin contar los casos de fisgoneo interno que se han registrado recientemente en Argentina y Colombia.
La excesiva compra de armas y el alto presupuesto que se destina anualmente a la guerra dentro de los países latinoamericanos es casi que irracional si se tiene en cuenta las prioridades que debe tener un continente en donde abunda la pobreza y los servicios públicos de salud y educación son insuficientes y precarios. Según el Ministerio de Defensa colombiano, al año se destinan caso 20 billones de pesos para financiar la guerra, un 6.5 por ciento del Producto Interno Bruto de nuestro país.
Tambores de guerra, bofetadas verbales, alianzas estratégicas con países de poder nuclear, intromisión en los documentos confidenciales del otro, nexos con grupos al margen de la ley de países vecinos, bombardeos en la frontera empleados sin una gota de diplomacia, bloqueo del comercio en la frontera… Son tan descabellados los comportamientos de los líderes latinoamericanos que podría pensarse que estamos viviendo nuestra propia Guerra Fría a costa del sufrimiento de la sociedad civil.
En vez de unir esfuerzos y derrotar los problemas sociales y económicos que subsisten al interior de cada país latino y que según la Cepal en su informe “Panorama Social de América Latina” dejarán 9 millones más de pobres en el 2009, las reacciones están enfocadas al desprestigio del otro y a la creación de un estado de paranoia creciente. Puede parecer catastrófico, pero de nada servirán las cumbres y los foros de Unasur, de la OEA o de la ONU para remediar nuestras diferencias si las mentalidades seguirán siendo de vecinos invasores.
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